A quienes no entiendan esto deberán leer la primera parte que se encuentra en la parte baja del blog. Van de abajo hacia arriba.
El sonido de las bocinas ahogaba todo lo demás, solo se oían algunas conversaciones demasiado altas para considerarse como saludables. Su corazón latía al ritmo de las vibraciones de las bocinas, tal vez un poco más rápido. Las luces fosforescentes iluminaban unos pocos espacios, había mujeres vestidas como ella y como Elisa en todas partes, pero obviamente eran rebasadas en número por los hombres de miradas lascivas que se hacían llamar clientes. No miró el rostro de todas ellas, tampoco sintió pena por ninguna, ese era trabajo de la Rebeca buena y ella no estaba aquí en este momento.
Con un movimiento ágil y seductor subió al escenario y comenzó a bailar haciendo que la muchedumbre le hiciera ver su atención dirigida hacia esta. Un olor a alcohol y a sexo se filtraba por todos los espacios. Rebeca apagó su cerebro y solo siguió bailando aunque no pudo evitar una que otra chispa de entendimiento. Esto era lo peor que podía hacer de su vida.
Mientras bailaba se perdía.
Estaba consciente de que eso era algo más o menos bueno por que así no se daría cuenta de muchas cosas. Mucho menos del modo en que le era entregado el dinero por parte de los clientes sin que ella se viera en la necesidad de usar sus manos para recibirlo. Mientras hacía eso recordó algo. Algo importante. Algo que increíblemente su mente calificaba como hermoso a pesar de que hubiese ocurrido en esta segunda casa de Lucifer, una de las tantas mansiones del pecado que este demonio poseía. Recordó un rostro, una sensación tan bella que deseó que no terminará nunca.
Ningún hombre con el que hubiese estado la había hecho sentir algo más que solo un juguete, algo mediante el cual él llegaba al orgasmo rápido y ella... solo ayudaba al propósito. Era extraño. Eran distintas esas manos entre las que se hallaba, él la besaba con tal intensidad que parecía que no hubiera nadie más para el. Como si fuera la única chica en el mundo, su chica. El tacto de sus dedos hacía que la electricidad traspasara esa capa y llegara hasta la columna vertebral, eran demasiados movimientos incluso para una contorsionista. Rebeca incluso tuvo un pensamiento tonto y vago pero que la hizo inmensamente feliz, algo que la hizo entregarse en cuerpo y alma a ese hombre no solo por que le hubiera pagado bien. Se olvidó de que trabajaba de esto, se olvidó del lugar, incluso de cómo se llamaba. Solo pensó que él la amaba y que ella lo amaba a él y le dio todo de sí hasta quedar agotada. No se le pasó desapercibido de que el hombre era muy bien parecido, de facciones firmes pero no rudas, de gestos tranquilos pero no afeminados, con una voz que tentaría a los mismos ángeles a pecar pero con un color de piel que no parecería saludable aunque eso no le quitaba lo hermoso. En la oscuridad recordaba haber notado su cabello oscuro contrastando con el de color chocolate de ella.
Rebeca siguió repasando eso hasta que la noche terminó. En su caso, sin embargo, no era la noche lo que esperaba que terminara sino que todos los tipos borrachos como cubas abandonaran el lugar de trabajo de ella. Antes de que pudiera largarse tuvo que atender unas cuantas cosas con los superiores y una Elisa fastidiosa que amenazaba con salir de allí para nunca volver si seguía habiendo mas cumplidos para Rebeca que hacia su persona. A Rebeca le pasó desapercibido esto. No lo notó. Estaba absorta pensando en el sujeto que la había hecho sentirse amada... ¿Hace cuanto que lo había visto por única vez? No alcanzaba a recordar...
Pasó al camerino a recoger algunas cosas suyas que quedaron allí, se cambió rápidamente, se quitó todo el exagerado maquillaje, se pintó tenuemente de nuevo, con ligeras sombras y un poco de rubor, nada que ver con el maquillaje de payaso de hacía un rato, y se dispuso a salir por la puerta trasera, no quería que nadie la viera nunca saliendo de allí. Se puso unos jeans deslavados y una blusa grande, café de manga larga, era obligatorio para si misma vestirse decentemente en sociedad nada como en el burdel.
Con su pago en mano, salió con paso veloz hacia el amanecer como lo haría un ave remontando el vuelo después de escapar de la jaula abierta.
Casi llegando a su departamento la sorprendió una lluvia ligera; sin embargo dentro del camión donde se hallaba las gotas no alcanzaban a tocarla, observó la manera en que las gotas rodaban a través del vidrio, como lo acariciaban con ayuda del viento, los dibujos que podía hacer con sus dedos y su aliento y se le antojó encantador. Hubiera dado cualquier cosa por saber el nombre de aquel hombre y haber podido escribirlo en ese cristal... Se dio cuenta de algo, aunque aun no hallaba las palabras para decirlo en voz alta, un fin, una decisión.
Cuando bajó del camión todavía debía caminar tres cuadras antes de llegar a su casa. Al principio fue corriendo, luego no le importó y dejó a su piel canela saborear la lluvia.
Al llegar al edificio donde se hallaba su departamento la saludó un hombre mayor, Don Raúl, y su perro llamado Zorro (¿Irónico eh Zorra? Se decía a sí misma).
-Buenos días señorita Rebeca -la saludó. Zorro movió gustoso la cola frente a ella, era un perro labrador de brillante color miel.
-Muy buenos días Don Raúl -Rebeca procuró permanecer tranquila, nadie debía conocer su otro yo, el malo, por lo menos allí no.
- ¿Y qué tal tu trabajo anoche? ¿No es muy cansado para alguien tan joven como tú?
Sucedía que todas las personas del edificio creían que Rebeca trabajaba de recepcionista nocturno en un hotel caro del otro lado de la ciudad, y que era una buena paga por que debía ser bilingüe. ¿Qué mejor mentira?
-No Don Raúl, al final una termina acostumbrándose, ya no me veo trabajando por la tarde. -puso una sonrisa en su rostro. Esa era la verdad más grande y oscura que le hubiera contado nunca a nadie, no se veía trabajando por la tarde en un trabajo decente. Nunca.
A Rebeca se le escapó un bostezo.
-Bueno señorita, la dejaré para que descanse. Que tenga una buena mañana.
-Igualmente usted Don Raúl, no deje que Zorro -el perro dio un salto al escuchar su nombre, Rebeca le sonrió y le acarició la oreja- lo arrastre demasiado cuando lo saque a caminar -cubrió su boca con la otra mano para tapar un segundo bostezo.
-Lo intentaré pero es que este cabrón es muy gandaya. -Sonrió. Miró a su perro con una sonrisa dibujada, como si fuera su hijo, el animal le regresó la mirada con un gesto en el hocico que no denotaba sino ansiedad. ¿Cómo harán los perros que parece que siempre te están sonriendo? ¿Sería esa lengua de fuera? -Bueno la dejo Rebeca.
-Diviértanse en la lluvia.
- ¿De verdad está lloviendo? ¡Qué bien! ¡Mejor aun! -Rebeca no alcanzó a saber si imaginó o no esas palabras por que el amo y su perro ya habían desaparecido.
¿A cuánta gente había que engañar? ¿Cuántas personas creerían que ella era como el resto? ¿Cuántas madres de familia no le habían pedido a Rebeca que cuidara a sus hijos por una tarde? ¿Cuántas adolescentes no habían ido llorando a su puerta pidiendo un consejo sobre chicos? ¿A cuántas mujeres no había consolado en su regazo diciéndoles que los hombres no son tan malos? Rebeca no podía contarlas. Desde que llegó decidió soltar la mentira pero hasta ahora no había sentido todo su peso. Extenuada y con la llave temblando en su mano giró el cerrojo que daba a su departamento después de subir las escaleras. Era el tercer piso, se había hallado al viejo y a su perro en el primero. Gracias a Dios era fuerte, y los bostezos hicieron que fuera lógico, como primera opción, que algunas lágrimas rodaran por sus mejillas. Dejó que la oscuridad la engullera y sacó de todas las habitaciones la luz platinada del amanecer. Después de dos minutos las cortinas de toda su casa estaban corridas y ella lloraba frente a una almohada ahogándose a sí misma.